Un chip cuántico se parece a un pastel de capas: metal superconductor, una capa fina de aislante, y otra vez metal. Antes, las capas se depositaban a través de una máscara de polímero, como una plantilla para pintar. El polímero dejaba gotitas invisibles en la superficie que estropeaban la superconductividad y ensuciaban el proceso.
Ahora se ha eliminado la máscara. En su lugar, se graban surcos en el silicio, como los surcos de un huerto. El metal se pulveriza directamente en esos surcos y se asienta de forma uniforme, sin residuos químicos. El método es compatible con una fábrica de chips normal: las mismas máquinas, la misma tecnología.
Apenas se encontró contaminación en la interfaz entre el metal y el silicio. Y las fluctuaciones en el tiempo de vida del cúbit durante 35 horas fueron estrechas y uniformes, como el pulso de una persona sana. Esto significa que los cúbits se comportan de manera predecible.
Este enfoque amplía la gama de materiales y métodos de limpieza del sustrato. Las computadoras cuánticas se acercan a la producción en masa, como ocurrió en su día con los transistores.
Un cúbit superconductor funciona a temperaturas inferiores a -272°C, más frío que el espacio exterior.