Buscar un punto de luz individual en una muestra oscura es como intentar encontrar una aguja en un pajar: el haz del microscopio avanza línea por línea, gastando tiempo y luz en vano. Los físicos sustituyeron este lento recorrido por patrones de luz aleatorios. La muestra se ilumina de una vez con un campo amplio, pero cada vez con un patrón nuevo de manchas claras y oscuras, como si se proyectaran sombras aleatorias de una rejilla. La cámara registra cuánta luz llegó de toda el área, y luego un algoritmo compone la imagen a partir de esos fragmentos.
En el experimento se usaron defectos de nitrógeno en diamante: diminutas imperfecciones de la red cristalina que brillan como átomos individuales. Resultó que para obtener una imagen nítida bastan aproximadamente el 20% de las mediciones de un escaneo línea por línea normal. Es como armar un rompecabezas tomando solo una quinta parte de las piezas, pero eligiéndolas no en orden, sino en posiciones aleatorias.
El método fue más allá de la simple luminiscencia. Los científicos aprendieron a reconstruir un mapa de las propiedades cuánticas de la luz: cómo los fotones llegan de a uno, no en pares. Este "mapa de soledad" permite distinguir una verdadera fuente de luz individual de un grupo de varias, y también requiere cinco veces menos datos. Los raros faros cuánticos ahora se pueden encontrar más rápido, sin quemar la muestra con un haz prolongado.
Un defecto de nitrógeno en el diamante es un átomo de nitrógeno que ocupa el lugar de un carbono, más una vacancia al lado. Este defecto brilla de manera tan estable que se usa como una brújula diminuta para medir campos magnéticos.