Una llamarada solar es como una goma elástica gigante que se retuerce y se suelta. Las líneas magnéticas del Sol se entrelazan, se rompen y se vuelven a conectar: este proceso se llama reconexión magnética. En el punto de ruptura, la energía se derrama: las partículas se aceleran, el plasma se calienta y vemos brillantes cintas en la superficie.
En marzo de 2022, ocurrió una llamarada de intensidad media en el Sol. Dos naves espaciales la observaron simultáneamente: una registraba rayos X (radiación dura que surge cuando partículas rápidas impactan), y la otra, el resplandor ultravioleta. Resultó que ambas imágenes pulsaban con el mismo ritmo: aproximadamente cada 35 segundos, el brillo subía y bajaba.
Los científicos también notaron otra cosa: pequeños puntos ultravioleta brillantes se deslizaban por la superficie, como chispas de una fogata. Pero su movimiento no coincidía con las pulsaciones de rayos X. Esto significa que la energía principal de la llamarada no se liberaba donde se deslizaban los puntos, sino en lazos específicos que permanecían en su lugar.
Este escenario ayuda a entender cómo el Sol libera la energía magnética acumulada. Las llamaradas no son una sola explosión, sino una serie de rápidos "chasquidos" del campo magnético, y ahora vemos qué partes de esa maquinaria son las que más ruido hacen.
El período de pulsación, unos 35 segundos, es comparable al tiempo en que una persona realiza de 10 a 12 respiraciones. La llamarada solar "respiraba" al ritmo de una respiración tranquila.
En la novela de Stanisław Lem "Solaris", el océano del planeta pulsa con ritmos misteriosos; de igual manera, la llamarada solar resultó no ser caos, sino un pulso ordenado de los campos magnéticos.