En el corazón mismo de la Vía Láctea, algo brilla continuamente en rayos gamma. Es una luz especial, con una energía de exactamente 511 mil electronvoltios. Esa energía surge cuando un electrón se encuentra con su antipartícula, un positrón, y ambos desaparecen dejando un destello de luz. Los astrónomos llevan más de cincuenta años detectando este resplandor, pero aún no saben con certeza de dónde provienen los positrones.
La nueva idea es elevar un globo con ocho mil diminutos detectores. Cada detector es un trocito de metal, bismuto, del tamaño de un grano de arroz. Cuando un fotón gamma impacta en ese trocito, el metal se calienta ligeramente, y una película ultrasensible capta ese calentamiento. Así se puede medir la energía de la luz con una precisión de 200 electronvoltios, algo así como distinguir granos de arena individuales en una playa desde una vista aérea.
Esa nitidez permitirá ver por primera vez si el resplandor es uniforme o está formado por puntos brillantes separados. Si hay puntos, significa que los positrones nacen en lugares concretos: quizás cerca de estrellas de neutrones o en las inmediaciones del agujero negro central. Si la luz es uniforme, la culpable podría ser la materia oscura, que se desintegra lentamente por todo el centro.
El globo con los detectores ascenderá a una altitud donde el aire apenas interfiere con los rayos gamma. En un solo vuelo recogerá tanta luz que las coincidencias aleatorias quedarán descartadas: la señal será 35 veces más fuerte que cualquier ruido. Así, el enigma de medio siglo quizás finalmente se resuelva.
Para captar un fotón gamma de 511 keV, el detector necesita calentarse una diezmillonésima de grado, y el instrumento lo nota.