El telescopio Gaia funciona como un tamiz cósmico. Mide datos fotométricos (brillo en diferentes colores) y espectros (descomposición lumínica en arcoíris). Una red neuronal está entrenada para distinguir patrones: cuáles pertenecen a estrellas y cuáles a galaxias. Para objetos brillantes, la precisión supera el 96%.
Pero las fuentes tenues y lejanas, como granos de arena, se cuelan por el tamiz. Aquí entra el telescopio infrarrojo CatWISE2020: ve la radiación térmica que atraviesa incluso las nubes de polvo. Actúa como un tamiz con agujeros más finos, permitiendo capturar casi un tercio más de quásares y galaxias ocultas. Como resultado, el catálogo Gaia DR4 se enriqueció con tres millones de candidatos a quásares y dos millones de galaxias, aunque entre las fuentes débiles puede haber falsas detecciones.
Este censo cósmico ayuda a entender cómo evoluciona el Universo en sus rincones más lejanos.
Un quásar es el núcleo incandescente de una galaxia lejana, donde un agujero negro supermasivo devora materia emitiendo más luz que todas las estrellas de la galaxia juntas.