
Los fundamentos de la espectroscopía los sentó Isaac Newton en 1666 al descomponer la luz solar con un prisma. En el siglo XIX, Joseph Fraunhofer descubrió líneas oscuras en el espectro del Sol, y Gustav Kirchhoff y Robert Bunsen las relacionaron con los elementos químicos. Más tarde, Johann Balmer encontró una regularidad matemática en las líneas del hidrógeno.
La espectroscopía funciona como un analizador musical: un gas caliente emite luz en frecuencias específicas (como una cuerda que emite su nota). Cuando esa luz pasa por un prisma, vemos líneas brillantes sobre un fondo oscuro. Si la luz de una estrella atraviesa un gas frío, los átomos absorben esas mismas frecuencias, creando huecos oscuros. Analizando estas líneas, conocemos los elementos, la temperatura e incluso los campos magnéticos.