Tres corchos flotando en el agua se mecen de forma caótica. Pero tres átomos de helio enfriados casi hasta el cero absoluto se comportan de otra manera: como si obedecieran una ley invisible de semejanza. Su atracción mutua es tan débil que los átomos forman una nube difusa. Su tamaño puede cambiar, pero la forma siempre permanece igual, como una matrioska que se encoge o se agranda sin alterar su decoración.
Esta propiedad es la invariancia de escala discreta (el sistema se ve igual al ampliarlo un número determinado de veces). En el mundo humano casi no se encuentra: un copo de nieve bajo una lupa no se parece a sí mismo bajo un microscopio. Pero para tres átomos de helio es casi una ley exacta. Los autores del trabajo calcularon cuánto se desvían las gotas reales del ideal. Las desviaciones resultaron diminutas: como si una matrioska se hubiera hinchado por la humedad el grosor de un cabello.
Cuando se añade un cuarto átomo al trío, el panorama se complica, pero no se rompe. Aparecen dos estados estables: el fundamental y el excitado, como dos pisos en una casa. Los cálculos mostraron que las energías de estos estados y los radios de las gotas coinciden con gran precisión con los resultados de modelos más complejos. Y esos modelos tienen en cuenta todos los detalles de la interacción. Esto significa que el papel principal lo juega precisamente la simetría oculta, no los matices sutiles de las fuerzas entre átomos.
La investigación recuerda que incluso en los sistemas más simples la naturaleza esconde elegantes estructuras matemáticas. Tres o cuatro átomos de helio no son solo una gota diminuta, sino un fractal casi perfecto que vive según leyes de semejanza. Y así como una matrioska completamente ensamblada revela la figurita más pequeña, el cálculo de estos sistemas revela las reglas fundamentales que gobiernan el micromundo.
El helio es la única sustancia que permanece líquida en el cero absoluto si no se aplica alta presión. Esto convierte a sus gotas en un laboratorio ideal para estudiar efectos cuánticos.
En la novela de Greg Egan «La escalera de Schild», los sistemas cuánticos con invariancia de escala sirven como clave para crear una nueva física que cambia las concepciones del espacio.