En las profundidades del océano, donde no llega la luz, nace un plan para capturar partículas que casi no interactúan con nada. Los geoneutrinos, pequeños mensajeros del manto ardiente, surgen de la desintegración del uranio y del torio. Su flujo transporta información sobre cuánto calor se esconde bajo nuestros pies.
Los detectores terrestres sufren un fuerte ruido de fondo: la señal de la corteza ahoga la débil voz del manto. El nuevo instrumento, sumergido a kilómetros en el océano, utiliza la columna de agua como escudo. Los cálculos muestran que las interferencias caerán en 50–100 veces. Es como escuchar un susurro en una habitación silenciosa en lugar de en una estación ruidosa.
Los autores ya están ensamblando prototipos y probando el equipo. En el futuro, la misma instalación servirá para tareas interdisciplinarias, desde la oceanografía hasta la física de partículas. El cazador del calor terrestre apenas comienza su camino.
Un solo geoneutrino puede atravesar todo el planeta sin chocar casi con ningún átomo. Para capturar al menos unos pocos, se necesitan detectores del tamaño de una casa pequeña.