En mecánica cuántica todo es difuso: la partícula no está en un punto único, sino extendida en el espacio, y el evento no ocurre en un instante único. Pero nuestro mundo cotidiano está lleno de determinación: la moneda cayó en cara, la bombilla se encendió, en el cuaderno apareció una anotación. ¿De dónde surge esta nitidez?
La respuesta habitual: se necesita un dispositivo que realice la medición y deje una huella irreversible. Los autores de este trabajo construyen otro mecanismo. Toman un sistema cuántico que interactúa con su entorno y lo "engrosan": no observan cada micropaso, sino una imagen promediada durante un largo tiempo. Matemáticamente, esto se asemeja a una multitud ruidosa que con el tiempo termina gritando un ritmo común: muchas voces se funden en un único pulso.
Cuando este promedio se repite una y otra vez, en el sistema se destaca un "centro": un conjunto de proyecciones (eventos) que se comportan como hechos clásicos. No dependen de las demás partes del sistema y forman un álgebra de Boole completa: una estructura matemática donde cada afirmación es verdadera o falsa. En otras palabras, a partir de la niebla cuántica cristaliza por sí mismo un mundo de "sí" y "no" nítidos.
Los autores también encuentran un criterio concreto —la primitividad por bloques— que garantiza este comportamiento si el sistema está formado por partes débilmente acopladas. Esto recuerda al barajado de cartas en una baraja: después de un largo mezclado, los palos se distribuyen uniformemente, y predecir la siguiente carta solo es posible en promedio, pero no individualmente.
El álgebra de Boole, que subyace en todas las computadoras, lleva el nombre de George Boole, quien la ideó en el siglo XIX al intentar formalizar las leyes del pensamiento humano.