En el centro de muchas galaxias se esconde una nube invisible: el halo de materia oscura. Si esta materia es lo bastante fría y ligera, se comporta como un líquido superfluido: fluye sin fricción y cualquier rotación se enrolla en diminutos vórtices cuánticos, hilos del tamaño de un núcleo atómico. En un halo de miles de años luz de ancho, puede haber innumerables vórtices.
Cuando los vórtices chocan, se reconectan, como dos chorros de humo que por un instante se fusionan y luego se separan de otra manera. Parte de la energía se convierte en ondas sonoras (fonones oscuros) y en pequeñas ondas. Los autores del trabajo calcularon cuánto puede este proceso calentar y mezclar la materia en el núcleo del halo. Tomaron datos de simulaciones y los aplicaron a ocho galaxias enanas satélite de la Vía Láctea, como la galaxia Draco o Escultor.
El resultado fue modesto: incluso con las estimaciones más generosas, los vórtices transfieren al núcleo solo una pequeña fracción de un porcentaje de su energía. La velocidad del movimiento de la materia cambia en no más del 2,3%. Si no hay vórtices en el núcleo, tampoco hay calentamiento. Así que la materia oscura vorticial sigue siendo casi tan fría y tranquila como se pensaba antes.
Un vórtice cuántico en la materia oscura superfluida es, en esencia, un pequeño tornado en el que la materia no gira como un todo, sino que se mueve solo alrededor de un núcleo finísimo.