La nave no navega sobre el agua, sino en el espacio, y no la empuja el viento, sino la presión de la luz solar. Un aparato así puede volar durante años sin gastar ni una gota de combustible. Pilotarlo es como llevar un yate por un océano donde las corrientes son las atracciones de los planetas y las ráfagas de viento, la cambiante luz del sol. El reto de un reciente concurso: sobrevolar todo un sistema planetario, visitando de paso un centenar de objetos distintos, y traer la mayor cantidad posible de datos científicos.
Los participantes de la competición, incluido el equipo TheAntipodes, dividieron el problema en etapas. Primero examinaron miles de opciones de entrada al sistema para encontrar las más prometedoras. Después, como en el ajedrez, calcularon muchas jugadas por adelantado las cadenas de maniobras gravitatorias. En una maniobra así, la nave, al pasar junto a un planeta, usa su atracción para acelerar o girar, como una honda. Por último, pulieron la ruta aproximada obtenida hasta el mínimo detalle: ajustaron a la vez los tiempos de encuentro, los ángulos y la orientación de la vela para exprimir al máximo los puntos científicos. Para ello aplicaron un método que permite resolver estos rompecabezas sin perder precisión, incluso cuando hay cientos de variables.
La ruta final incluyó 133 sobrevuelos y obtuvo 337,878 puntos, el tercer puesto. Las mejores soluciones de los distintos equipos resultaron ser similares, como si el propio sistema sugiriera el camino óptimo. Esta experiencia demuestra que incluso viajes aparentemente fantásticos bajo vela solar pueden planificarse con el rigor matemático terrestre.
La presión de la luz solar en la órbita de la Tierra es de aproximadamente 9 micronewtons por metro cuadrado, lo que equivale al peso de un mosquito distribuido uniformemente sobre una hoja de papel tamaño A4.
Una trama similar aparece en la novela de Arthur C. Clarke «Viento solar», donde yates de vela solar compiten en una regata de la Tierra a la Luna.