Alrededor de la célula hay una increíble estrechez: las moléculas se empujan, creando una presión constante. Es precisamente este ajetreo, y no solo la afinidad química, lo que desencadena la captura de partículas, afirma un nuevo modelo. La fuerza de la entropía, del desorden, actúa como una multitud en una pista de baile abarrotada: cuanto más densa, más fuerte empuja la partícula contra los receptores celulares, esos «cerrojos» de la célula.
Los físicos incluyeron en sus cálculos la presión de la multitud, la flexibilidad de la membrana y el esqueleto interno. El modelo, similar a un mapa ondulado con un pozo de captura, mostró: una partícula demasiado pequeña no deforma la membrana, y una demasiado grande no cabe. El mejor tamaño es de decenas de nanómetros, como el de muchos virus. Las células rígidas, como las óseas, son más exigentes con el tamaño.
Sorpresa: la célula no gasta energía en el acercamiento inicial — todo lo hace el ajetreo gratuito. Por eso el VIH, con sus 100 nanómetros de diámetro, infecta con tanto éxito: encaja justo en la «ventana de captura». El descubrimiento ayudará a crear nanomedicamentos del calibre ideal.
El virus VIH, con un tamaño de unos 100 nm, encaja perfectamente en la «ventana de captura» predicha por el modelo, lo que explica su excepcional capacidad de contagio.
En la ciencia ficción, los nanorobots para la entrega de medicamentos suelen presentarse como submarinos diminutos; ahora sabemos que su tamaño ideal no debe superar los 100 nm para que las células puedan «engullirlos».