El director sostiene no una batuta, sino un pincel, y cada movimiento da vida a color y forma. La nueva tecnología funciona de manera similar: convierte el estado de ánimo de la canción en un vídeo panorámico que envuelve al oyente.
Primero, el algoritmo, al igual que el análisis de la luz por el espectro, descompone la pista en emociones. Cada cuatro compases determina cuán alegre y enérgica es la música, sólo dos números. Luego, estos valores se convierten en el brillo y la saturación de los fotogramas, mientras que las transiciones bruscas añaden imprevisibilidad a la imagen. El brillo se ajusta con la precisión de las mediciones de iluminación. El resultado es una película en la que puedes mirar a tu alrededor, como si estuvieras dentro de una caja musical.
Curiosamente, el sistema ignora las letras de las canciones y no copia videoclips. Transmite un arco emocional puro: desde una tristeza tranquila hasta una energía explosiva. Así, la música se vuelve visible y tridimensional.
La valencia y la excitación son dos escalas con las que los psicólogos describen cualquier estado de ánimo. La tecnología se basa en ellas para traducir la música en color y movimiento.
En el futuro, los músicos podrán crear no solo álbumes, sino mundos virtuales enteros en los que adentrarse.