Algunos planetas rocosos de otros soles orbitan tan cerca de su estrella que su cubierta gaseosa habría desaparecido hace tiempo. Sin embargo, el telescopio James Webb y las mediciones de brillo muestran densas atmósferas. La clave está en las simulaciones por ordenador. Primero, el pesado dióxido de carbono escapa del magma ardiente y envuelve el planeta en una densa capa. Bajo el embate de la cambiante luz estelar, esa capa se desprende, la presión cae y el hidrógeno ligero irrumpe hacia afuera. Infla al instante los restos de la envoltura, como un globo comprimido que se expande cuando le quitan el envoltorio apretado. Este efecto —la reflación— solo funciona en planetas con interiores reducidos (ricos en hierro); en los oxidados, como la Tierra, el hidrógeno permanece atrapado. Sorprendentemente, para desencadenar el proceso se necesitan océanos enteros de agua escondidos en el interior. Estas conclusiones se apoyan en los trabajos pioneros de los descubridores Michel Mayor y Didier Queloz, así como en los estudios de atmósferas de David Charbonneau. La reflación se puede detectar por el cambio de brillo durante el tránsito del planeta por el disco estelar y por las huellas espectrales de la atmósfera. Así es como los astrónomos se asoman al interior de mundos lejanos. Las futuras misiones PLATO y ARIEL cartografiarán las envolturas infladas.
La reflación engaña a los observadores: parece que el planeta pierde masa, pero en realidad el hidrógeno lo infla desde dentro.