El enigma del valle de los radios —una abrupta caída en el número de exoplanetas con un radio de ~1,8 radios terrestres— no deja en paz a los astrónomos. JWST, los sondeos de tránsitos de Kepler y TESS muestran un claro vacío: las supertierras rocosas y los subneptunos gaseosos están separados casi por un abismo. Pero los mundos más calientes, bañados en el duro ultravioleta de sus estrellas, a veces lucen demasiado hinchados para su edad —como si se negaran a envejecer según los libros de texto. Y aquí es donde aparece un aliado inesperado: la geoquímica interna.
Imagina una supertierra como un batiscafo cargado con un pesado lastre. El lastre es una atmósfera primigenia de monóxido de carbono (CO), exhalada por el manto reducido, donde el hierro aún no se ha oxidado. La estrella, como una bomba implacable, extrae este gas —y el batiscafo empieza a ascender. Pero en su océano magmático ya están disueltas gigantescas reservas de hidrógeno. En cuanto cae la presión, el H₂ irrumpe al exterior, inflando de inmediato la envoltura externa. El planeta se vuelve temporalmente menos denso: su densidad media se desploma un 60%. (Para comparar: la Tierra de repente se volvería más ligera que Mercurio.) Esto es la reflación: una inhalación planetaria tras una larga exhalación.
La tasa de pérdida de gas sigue la ley de la gravitación universal y se expresa con una regla simple: cuanto más masivo es el planeta, más firmemente retiene su abrigo atmosférico. Pero si el abrigo es demasiado pesado (como el dióxido de carbono), se desprende más rápido, cediendo el paso a una ligera nube de hidrógeno.
La idea de la reflación, surgida de las búsquedas pioneras de Michel Mayor y Didier Queloz, y de la espectroscopía de atmósferas perfeccionada por David Charbonneau, promete una revolución en las observaciones. Al encontrarte con una supertierra de densidad anormalmente baja, no te apresures a declararla un mundo acuático o una enana gaseosa: quizá la hayamos pillado en plena reflación. Es una señal directa de condiciones reductoras en el interior, lo que significa que su cocina geoquímica podría parecerse a la de la Tierra joven.
Los instrumentos de nueva generación —PLATO, ARIEL y los modelos numéricos que incluyen fraccionamiento y fotoquímica— ayudarán a encontrar estos planetas «respirantes». Estamos entrando en una era en la que la evolución estelar y la química interior se fusionarán en una historia conjunta, y cada supertierra contará su relato al ritmo de inhalaciones y exhalaciones.
La reflación crea la ilusión de un adelgazamiento repentino: el planeta se despoja de su pesado abrigo de dióxido de carbono y se rodea temporalmente de una ligera niebla de hidrógeno, engañando a nuestros instrumentos.