Una ciudad de noche: en algunas ventanas la luz está encendida, en otras está oscuro. Si se unen con líneas las ventanas que se iluminan al mismo tiempo, se obtiene una red de conexiones. Los investigadores estudiaron esa red en diminutos organoides cerebrales: agrupaciones vivas de células nerviosas cultivadas en laboratorio.
Registraron las señales eléctricas de decenas de neuronas y construyeron una red donde la fuerza de la conexión entre células dependía de cuán sincrónicamente se activaban. Luego, mediante un método matemático —el análisis topológico— buscaron bucles en esa red: cadenas cerradas de tres o más neuronas. Un bucle no es solo un grupo de amigos, sino una estructura capaz de transmitir la señal en círculo.
Estos bucles resultaron sorprendentemente resistentes. La eliminación aleatoria de neuronas casi no los destruía. Pero bastaba con eliminar selectivamente las células que formaban parte de los bucles para que la estructura se desmoronara. Con el crecimiento del organoide aparecían formas más complejas: huecos en la red, similares a las cavidades de una esponja.
Así, en el ruido eléctrico de las neuronas vivas emergió un claro armazón geométrico. Los mismos bucles que parpadeaban en la red ahora se ven como la base para futuros ritmos y ondas, como las luces de una ciudad que forman un patrón estable.
Los organoides cerebrales se cultivan a partir de células madre y pueden generar espontáneamente impulsos eléctricos que recuerdan la actividad de un cerebro real.