En el hueco entre dos espejos, un rayo de luz va y viene. Se refleja, corre de vuelta, se refleja de nuevo, y así una y otra vez. Y dentro de ese hueco yace una capa plana de electrones que sabe girar bajo la acción de un campo magnético. Cuando la frecuencia de giro de los electrones coincide con la frecuencia de las oscilaciones de la luz, comienza un baile extraño.
La energía deja de pertenecer solo a la luz o solo a los electrones. Fluye de un lado a otro, como una pelota entre dos jugadores. Los físicos llaman a este flujo oscilaciones de Rabi. Hasta ahora se juzgaba de manera indirecta, por el hecho de que en el espectro aparecen dos bandas en lugar de una. Pero nadie había visto cuándo comienza exactamente ese intercambio.
Un grupo de investigadores utilizó radiación de terahercios y pulsos muy cortos. Excitaban a los electrones y observaban cómo empezaban a "sonar" al compás de la luz. Resultó que el baile no comienza de inmediato. Primero, la luz debe llegar de un espejo al otro y volver. Solo después de ese recorrido nace el estado mixto: el polaritón. El retraso es de unos 10 picosegundos. Es cien veces más rápido que un parpadeo.
Este resultado es como una foto fija del primer instante de la amistad entre la luz y la materia. Antes solo se veían las consecuencias; ahora, el encuentro mismo. Y resultó que no es instantáneo, sino que requiere tiempo para conocerse.
El retraso en el nacimiento del polaritón es igual al tiempo que tarda la luz en recorrer la distancia entre los espejos, ida y vuelta. Si los espejos estuvieran a un metro de distancia, el retraso sería de unos 6,7 nanosegundos, casi como un chasquido de dedos.