Un servicio postal donde los mensajeros de repente dejan de moverse. Parecería que las cartas dejarían de llegar y la comunicación entre ciudades se interrumpiría. Pero ¿y si los propios sobres adquirieran la capacidad de cambiar de forma y transmitir mensajes a través de una red común sin moverse del sitio? Ese es precisamente el mecanismo inesperado que han descubierto los físicos en el mundo de los materiales cuánticos.
En los metales ordinarios, los momentos magnéticos de los átomos se comunican a través de electrones de conducción móviles, algo así como intercambiar cartas mediante mensajeros diligentes. Esa interacción se conoce como interacción RKKY. Pero en algunos cristales, los electrones caen en las llamadas bandas planas, donde su velocidad de grupo (la velocidad de desplazamiento del electrón como partícula) cae casi a cero. Los mensajeros se han quedado paralizados. La lógica sugiere que la interacción magnética debería desaparecer. Sin embargo, la naturaleza ha encontrado una escapatoria.
Resulta que en las bandas planas toma el relevo la métrica cuántica, una magnitud que mide la "distancia" entre los estados cuánticos de los electrones en la zona de Brillouin (el conjunto completo de momentos posibles). Es precisamente ella la que determina hasta dónde se extiende el orden magnético y cuán rígido es. Cuanto mayor es el valor de la métrica cuántica, más fuerte es la interacción magnética y más alta es la temperatura a la que el material puede convertirse en imán. Este efecto se manifiesta con especial claridad en muestras pequeñas, donde las limitaciones habituales del magnetismo dejan de actuar.
Así, la inmovilidad se convierte en un nuevo tipo de conexión. Los mensajeros están quietos, pero las cartas llegan: gracias a la geometría del propio tejido del que está hecho el cristal.
La métrica cuántica no es un concepto abstracto. Se puede medir experimentalmente observando cómo responden los electrones del cristal a los campos externos, y está estrechamente relacionada con la geometría real de los orbitales electrónicos.
En la novela de Greg Egan "Desesperación" se describe un universo donde las leyes de la física están determinadas por la geometría del espacio-tiempo de manera tan intensa que la causalidad habitual desaparece, de forma similar a como aquí el magnetismo está determinado no por el movimiento, sino por la pura geometría de los estados cuánticos.