Alrededor de estrellas jóvenes giran nubes planas de gas y polvo: los futuros sistemas planetarios. En algunos de ellos se abre un vacío: el polvo y el gas han sido barridos, como si alguien hubiera adelgazado el centro de un disco de vinilo. Estos discos con huecos se llaman discos de transición.
Para asomarse a estas nubes, los científicos observan la luz de las moléculas. Especialmente útil es un par de 'invertidas': el ácido cianhídrico en dos formas, HCN y HNC. Son como dos piezas idénticas de un juego de construcción, ensambladas al revés. En discos continuos, HCN brilla intensamente, mientras que HNC es casi invisible. Pero en discos con huecos ocurre lo contrario: la forma rara, HNC, se enciende entre 3 y 10 veces más de lo esperado.
Los astrónomos midieron la emisión de ambas formas en cinco discos de transición con radiotelescopios. Resultó que la relación de brillo entre HNC y HCN no depende de la temperatura del gas, pero sí crece con la masa del disco: en nubes más masivas hay más gas frío, donde HNC sobrevive más tiempo. Por lo tanto, esta emisión no solo permite encontrar huecos, sino también pesar los discos.
Así, la débil luz de una molécula rara se convierte en una herramienta: muestra dónde ya se ha despejado el espacio para futuros planetas.
HCN y HNC son la misma molécula, solo que los átomos de hidrógeno y nitrógeno intercambian sus posiciones. En el espacio, ese intercambio cambia el brillo de la emisión decenas de veces.