En las frías profundidades del espacio flotan rocas más antiguas que la propia Tierra. Dentro de algunas de ellas se esconden diminutas esferas de vidrio: los cóndrulos. Se formaron cuando alrededor del joven Sol aún giraba un disco de gas y polvo.
Los meteoritos carbonáceos Asuka 12236, Paris y Maribo han conservado estas esferas casi intactas. Los científicos irradiaron 66 cóndrulos con rayos X y midieron su composición química. Resultó que cada cóndrulo es como una gota congelada de un alto horno. Al calentarse, se evaporaban metales y vapor silíceo. Ese vapor se depositaba alrededor en forma de partículas diminutas, similares a ceniza cósmica.
Luego viene lo más interesante. Muchos cóndrulos se agruparon en racimos, como uvas. Primero se formaban gotitas muy pequeñas, esferas de tamaño micrométrico. Atraían polvo y hielo, y luego se soldaban entre sí. Esto explica por qué la composición de los cóndrulos y la del polvo circundante se complementan: el material evaporado de las esferas se asentaba cerca, como condensación en un vidrio frío.
Este panorama cambia la visión sobre el nacimiento de los planetas. El polvo y los guijarros no solo se pegaban formando grumos, sino que pasaban por fuego, evaporación y reensamblaje. Y en estos racimos de piedra queda registrada la memoria química de los primeros millones de años del sistema solar.
Algunos cóndrulos parecen racimos de uvas: decenas de esferitas diminutas soldadas entre sí, y cada una fue en su momento una gota incandescente separada.