La quimioterapia golpea el cáncer como una ducha potente contra un plato sucio: el chorro arrastra casi todo, pero en las grietas quedan restos. Los modelos antiguos decían que si se hacía la presión lo suficientemente fuerte, el plato quedaría perfectamente limpio. El nuevo trabajo muestra que no es así. Incluso la dosis más alta deja algunas células, porque en un grupo pequeño siempre hay fluctuaciones aleatorias, como las últimas gotas que no se pueden sacudir de la botella.
Los científicos combinaron dos cosas: cómo se distribuye el fármaco por el cuerpo y cómo las células tumorales se multiplican y mueren. Resultó que el tratamiento estándar, una gran dosis de una vez, actúa como una escoba que barre no solo el cáncer, sino también las células inmunitarias circundantes. En estos lugares "barridos", las fluctuaciones aleatorias en el número de células cancerosas obtienen total libertad. Incluso si solo quedan un par de células, pueden comenzar a crecer de nuevo. A este mecanismo lo llamaron "escape farmacocinético estocástico".
La verificación con 1461 historias clínicas confirmó: en la mayoría de los pacientes, el tumor primero se reduce al mínimo y luego vuelve a crecer. Esto no es una excepción, sino la regla. El modelo reprodujo fielmente este patrón. Además, se descubrió que cuanto más pequeño es el tumor, mayor es el ruido en él, como en una empresa pequeña donde cada voz suena más fuerte. Por lo tanto, los focos diminutos son los más peligrosos.
La solución no es golpear más fuerte, sino golpear con más inteligencia: administrar el fármaco en pequeñas dosis de forma continua y, al mismo tiempo, apoyar el sistema inmunitario. Así, las células aleatorias no tienen dónde esconderse y la probabilidad de que la enfermedad regrese disminuye.
En el grupo más pequeño de células, el ruido es más fuerte: como en una habitación donde tres personas discuten más alto que cien.