Entre 1987 y 1991, los astrónomos midieron por última vez cómo las lunas heladas de Júpiter reflejan las ondas de radio. Luego vino una larga pausa. Entre 2011 y 2024, los investigadores volvieron a apuntar un haz de radar hacia Europa, esta vez con la antena de 70 metros de Goldstone y el radiotelescopio de Green Bank.
El hielo es casi transparente a las ondas de radio, como el cristal limpio de una ventana a la luz. Al enviar una señal y captar su reflejo, se puede saber qué ocurre en las decenas de metros superiores de la corteza helada. El radar mostró que el lado delantero de Europa (el que mira hacia adelante en su órbita) refleja las ondas de manera distinta al lado trasero. Es como si una mitad del espejo fuera mate y la otra estuviera pulida.
Esa diferencia sugiere que la superficie de la luna no es uniforme: en algunos lugares el hielo es más puro y denso, y en otros es suelto o con impurezas. Comprender estas diferencias ayuda a reconstruir la historia de Europa y a evaluar hasta qué profundidad bajo el hielo podría ocultarse un océano de agua líquida.
Las ondas de radio atraviesan decenas de metros de hielo puro, por lo que el radar ve las capas subsuperficiales de Europa como un ultrasonido ve a un bebé en el vientre.
En la novela de Arthur C. Clarke «2010: Odisea dos», Europa se presenta como un mundo que no debe tocarse, y las observaciones con radar permiten estudiarla sin acercarse.