Un estado cuántico se parece a un frágil copo de nieve: lo tocas y ya es otro. Para saber cuán impredecible es, los físicos miden su entropía. Para ello necesitan copias del estado, como varios copos de nieve idénticos para examinarlos con una lupa. Pero cada copia se destruye tras la medición.
Ahora el abismo casi ha desaparecido. Los científicos han ideado un algoritmo que requiere exactamente el número de copias que dicta el límite inferior. Es como si hubieras encontrado la manera de medir la temperatura sin romper el termómetro después de cada uso.
El secreto está en combinar dos técnicas. Primero, con unas pocas copias se hace un boceto aproximado del estado, como un esbozo de un retrato. Luego, ese boceto se refina con un truco ingenioso: se representa el estado como parte de un estado puro más grande. Esto permite extraer más información de cada copia.
Antes no estaba claro si se podía alcanzar el límite inferior. Ahora está claro: se puede. Y si alguien propone un método con menos copias, eso contradeciría la mecánica cuántica.
La entropía de Rényi de orden 2 es igual a menos el logaritmo de la pureza del estado, y se puede medir directamente con la prueba SWAP en dos copias, pero para un orden arbitrario α hay que idear esquemas más sofisticados.
En el relato de Ted Chiang «La historia de tu vida», los extraterrestres perciben el tiempo de forma no lineal, lo que puede compararse con el entrelazamiento cuántico, donde la información sobre un sistema está distribuida de manera no local, y la entropía de entrelazamiento sirve como medida de esa no localidad.