La temporada de baño se abre cuando el agua parece tolerable. Pero cada uno tiene su umbral: uno tiembla a veinte grados, otro nada tranquilamente a quince. Los científicos decidieron averiguar de dónde viene esta diferencia.
Compararon el cuerpo del nadador con una casa que intenta conservar el calor mientras afuera sopla un viento frío. Dentro arde la estufa: son los músculos, que generan calor al moverse. Las paredes de la casa son la piel y la capa de grasa: cuanto más gruesas, menos calor se escapa. Y el viento es el agua, que enfría constantemente la superficie del cuerpo. Cuando la estufa no alcanza a reponer las pérdidas, la casa se enfría.
De esta imagen se dedujo una regla simple: la temperatura crítica del agua depende del tamaño corporal, la velocidad de nado y el grosor de la capa de grasa. Un nadador corpulento que bracea rápido puede permanecer con seguridad en un agua donde uno delgado y lento se congelaría en minutos.
Las observaciones de nadadores mostraron que el cuerpo no se enfría de manera uniforme, como un objeto simple, sino en oleadas: primero se enfrían brazos y piernas, luego el torso. Esto explica por qué la sensación de frío aumenta a saltos, no de forma gradual.
Ahora la seguridad en aguas abiertas se puede evaluar con más precisión: no según el termómetro, sino según quién nada exactamente y a qué velocidad.
Una gruesa capa de grasa subcutánea funciona como un traje de neopreno: en morsas y focas alcanza decenas de centímetros y les permite nadar en agua helada durante horas.
En la novela «El marciano», el protagonista sobrevive en un traje espacial con calefacción, pero sin él cualquier persona en un ambiente frío pierde calor rápidamente, como un nadador en aguas abiertas.