En el cristal de óxido de bismuto y wolframio hay huecos donde deberían estar los átomos de oxígeno. Normalmente están desordenados y la película no conduce corriente. Pero si se mantiene tres minutos en una nube de plasma de nitrógeno, los huecos se alinean en filas rectas, como soldados a la orden. Entonces los electrones empiezan a saltar de un hueco a otro y la corriente fluye.
Tras el tratamiento, la película se vuelve negra y su resistencia cae mil millones de veces. El plasma de oxígeno devuelve los átomos de oxígeno a los huecos, las filas se deshacen y la película vuelve a ser transparente y aislante. Este ciclo puede repetirse decenas de veces. Antes, para ordenar los huecos hacía falta calentar; ahora basta con la temperatura ambiente. Así se pueden fabricar interruptores para memorias y sensores.
La variación de resistencia de nueve órdenes de magnitud es comparable a la diferencia entre un aislante y un metal: si un cable tuviera el grosor de un cabello humano, su resistencia cambiaría desde un valor comparable a la de un kilómetro de cable de cobre hasta la de un trozo corto de alambre.
En la novela de Arthur C. Clarke 'El fin de la infancia', los extraterrestres manipulan la materia a nivel atómico para cambiar las propiedades de los objetos. Aquí se realiza una idea similar sin ciencia ficción: el plasma reordena las vacantes de oxígeno y el material cambia de color y conductividad.