Un cartógrafo que traza una ruta por la ciudad no dibuja cada ladrillo de las paredes. Le bastan calles, cruces y distancias. Algo parecido ocurre con el cálculo de la dosis de radiación en la tomografía de pecho: no se necesita cada célula, basta con una imagen general fiel.
Antes, para cada paciente se construía un modelo digital de la mama con millones de cubitos diminutos (vóxeles), y el ordenador los procesaba durante horas. El cálculo tomaba unas 27 horas. Es como si, para ir al otro extremo de la ciudad, primero estudiaras el plano de cada piso de cada edificio en el camino.
Resulta que el tamaño del cubito en el plano de la imagen influye más en la dosis que su grosor. Si se hacen los cubitos entre 2,5 y 3 veces más grandes en ancho y alto, la dosis cambia entre un 5% y un 9%. Pero si solo se aumenta el grosor del corte en esas mismas 2,5 a 3 veces, la desviación es de apenas el 1% al 3%. Por eso, la resolución se redujo de forma desigual: más en el grosor y menos en el plano. El tamaño final del vóxel de 0,30 × 0,30 × 3,00 mm³ mantuvo la precisión de la dosis dentro del 3,6% al 4,4% en las cuatro muestras. El número de cubitos cayó así entre 20 y 31 veces.
El tiempo total de cálculo se comprimió de 1600 minutos a 72 minutos. Es como si el cartógrafo, en lugar de un atlas detallado, hubiera cogido un plano turístico y aun así no se hubiera perdido.
Antes no estaba claro si se podía simplificar tanto el modelo de la mama para la TC de fase-contraste con sincrotrón. Ahora está claro: se puede. El método será útil en clínicas donde la dosis debe evaluarse rápido, antes del escaneo principal. El mapa grueso resultó no ser peor que el detallado, pero es 22 veces más rápido.
El fantoma original de una mama contenía hasta 95 millones de vóxeles, y tras la optimización quedaron alrededor de 3 millones. La diferencia en la dosis calculada fue inferior a medio punto porcentual respecto al nivel de irradiación objetivo.