Cada otoño los salmones llegan al arroyo Issaqua, depositan sus huevos y mueren. El agua se lleva sus rastros moleculares: fragmentos de ADN, ARN de vida corta y marcas químicas que cambian con la edad, como los anillos anuales de un árbol. Los científicos tomaban cada semana un litro de agua y leían esos rastros con un aparato portátil.
Al principio todo estaba claro. El ARN mostraba que los peces seguían vivos y activos. Las marcas en el ADN indicaban que eran adultos. Los organismos patógenos aparecían según un calendario: primero la bacteria, una semana después del pico de desove, luego el hongo, que se multiplicaba sobre los cadáveres.
Pero después los rastros empezaron a deteriorarse. El ARN desaparecía pocos días después de la muerte de los peces, porque es una molécula frágil. Las marcas de edad aguantaban más, pero también se borraban, y entonces el aparato comenzaba a tomar un pez viejo por uno joven. El agua era como si olvidara cuántos años tenían los salmones.
Por eso es importante tomar muestras en las primeras semanas del desove, mientras la Puerta de la frescura esté abierta. Entonces una sola muestra de agua contará la especie, la edad y la salud de los peces. Y si uno llega tarde, los datos empiezan a mentir, y nadie se dará cuenta.
En el pico de descomposición de los cadáveres de salmón, el oomiceto Saprolegnia parasitica representaba el 51,5% de todas las lecturas de la muestra de agua. Es decir, más de la mitad del ADN del arroyo no pertenecía a los peces, sino al hongo que se estaba comiendo sus restos.
No publicado en arXiv. Aquí están su página, el PDF y la formalización: puede comprobarlo usted mismo, no solo leer nuestro análisis.