Muy por encima de la Antártida, un globo aerostático elevó un instrumento que capturaba electrones del espacio. Estas partículas llegan desde lejanas explosiones estelares y otros eventos de gran energía. El instrumento medía su energía, como si fuera la fuerza del impacto. Y en un cierto rango de energías, los impactos resultaron ser más numerosos de lo que predecían los cálculos.
El primer análisis de los datos mostró una joroba ancha en la gráfica: como si en el flujo de partículas apareciera una corriente extra. Ahora, los mismos datos se procesaron de nuevo, con otros métodos. Resultó que la joroba no es suave, sino que está compuesta por varios picos estrechos. Como si en el ruido de la lluvia se distinguieran gotas individuales.
La comparación con los datos de otro experimento — un telescopio en un satélite — mostró que los picos no se observan en todos los casos. Posiblemente sea la huella de alguna fuente desconocida o un artefacto de las mediciones. Pero el misterio persiste: ¿de dónde provienen tantos electrones rápidos en el espacio?
Los electrones con energías de cientos de GeV atraviesan la atmósfera y generan verdaderas cascadas de partículas secundarias que pueden detectarse en el suelo.