El microscopio de fluorescencia se parece a un fotógrafo que dispara en la oscuridad: cuantas más fotos, mejor se ve, pero cada foto cuesta fotones. En una célula viva, el suministro es limitado; de lo contrario, la luz simplemente mataría la muestra. Por eso, los científicos propusieron no aumentar el número de fotones, sino elegir con más inteligencia los momentos en que capturarlos.
Para ello, construyeron un modelo matemático que estima cuánta información aportará cada medición. Resultó que, si se tienen en cuenta de antemano las posibles interferencias (vibraciones del equipo, luz de fondo, señal borrosa), el plan de captura se vuelve más robusto. Así, incluso con poca luz, la imagen resulta más nítida y se ven con mayor claridad los detalles de la vida celular.
Las proteínas fluorescentes que brillan en las células se aislaron por primera vez de una medusa, y por ello se concedió el Premio Nobel de Química en 2008.