En una rendija estrecha entre dos placas, los iones no se comportan como partículas libres, sino como una multitud en un autobús abarrotado: apretados unos contra otros, forman densos cúmulos. Precisamente esta propiedad —la capacidad de los iones de agruparse en racimos en espacios muy reducidos— es la base del nuevo mecanismo para controlar el transporte iónico.
Los investigadores estudiaron el comportamiento de los iones en nanocanales bidimensionales de apenas unos pocos átomos de ancho. Descubrieron que al comprimir o estirar mecánicamente el canal, no solo cambia su forma, sino también la densidad de partículas cargadas en su interior. Este efecto, denominado «transistor iónico de fuerza», permite controlar el flujo de iones de la misma manera que el voltaje en la puerta controla la corriente en un transistor convencional.
Esta «lógica iónica» podría convertirse en la base de dispositivos que procesen señales mecánicas, por ejemplo, en sistemas neuromórficos que imitan el funcionamiento del cerebro. En lugar de electrones, iones; en lugar de cables, nanoporos húmedos. Y esto ya no es ciencia ficción, sino un cálculo respaldado por simulaciones a escalas de microsegundos.
En las células vivas existen proteínas mecanosensoras que abren canales iónicos cuando la membrana se estira, por ejemplo, en nuestros músculos y en el oído interno.
En la serie «Stargate Universe», una nave extraterrestre se controlaba mediante flujos de partículas cargadas en canales microscópicos, un eco lejano de la lógica iónica.