Dos estrellas giran en un baile apretado. Una es una estrella de neutrones, una esfera superdensa del tamaño de una ciudad pero con una masa de una vez y media la del Sol. La otra es una estrella normal que se hincha y transfiere su materia a su vecina. A veces esta transferencia es demasiado rápida y las estrellas quedan envueltas en una envoltura de gas común, como dos cucharas en una misma olla de sopa hirviendo.
En el nuevo trabajo, los astrofísicos calcularon por computadora el destino de cientos de estos pares. Variaron la masa de la segunda estrella y la eficiencia con la que la envoltura común es expulsada al espacio. Descubrieron que después de que la envoltura se desprende, el par no se calma de inmediato. Llega la fase de desacoplamiento: la estrella donante continúa cediendo materia poco a poco, y la estrella de neutrones logra acumular suficiente para acelerarse hasta cientos de revoluciones por segundo.
Así nacen los púlsares de milisegundos: faros cósmicos que emiten pulsos de radio con la precisión de los relojes atómicos. El modelo mostró que con una expulsión fuerte de la envoltura se obtienen pares muy similares a los que los astrónomos ven con sus telescopios. Y para un sistema específico, PSR J1928+1815, se encontraron dos rutas evolutivas que conducen a los parámetros observados.
El baile de las estrellas, que comenzó con la transferencia de materia, termina en el ritmo preciso de los pulsos de radio. La simulación por computadora permitió vislumbrar la mitad de este baile: el momento en que la envoltura común ya se ha desprendido pero la materia aún fluye. Allí se esconde la clave para entender por qué algunas estrellas de neutrones se convierten en púlsares rápidos y otras no.
Algunos púlsares de milisegundos son tan estables que se pueden usar para sincronizar relojes, como con un estándar atómico.