En el Universo recién nacido, justo después del Big Bang, el espacio se expandía vertiginosamente y el vacío parecía un líquido sobrecalentado. Cuando comenzó la «ebullición», surgieron burbujas de vacío verdadero. Expandiéndose a la velocidad de la luz, desataban ondas gravitacionales: un temblor del mismísimo espacio que ha llegado hasta nosotros.
El problema es que los antiguos cálculos de estas ondas dependían de la elección de coordenadas, como la sombra de una lámpara. Los autores aplicaron un truco matemático de la física de neutrinos —la identidad de Nielsen— y se deshicieron de esa ambigüedad. Ahora, en el marco del Modelo Estándar de partículas elementales, la formación de burbujas se describe de manera uniforme.
Este método permitirá reconstruir con más precisión la señal de la ebullición cósmica y, tal vez, oír el eco de la creación.
Si imaginamos nuestro Universo como un enorme globo inflable, las ondas gravitacionales de la antigua «ebullición» serían vibraciones microscópicas en su superficie, captadas por instrumentos sensibles a desplazamientos miles de veces menores que un átomo.