Dentro del óvulo fertilizado de una rana se propagan ondas, como círculos en el agua, pero hechas de proteínas que ordenan la división celular. Estas ondas recorren milímetros, aunque el propio óvulo mide menos de un milímetro. Antes no se entendía por qué no se desordenaban. Resulta que las ondas se despejan el camino a sí mismas.
Las proteínas del óvulo se agrupan en gotas que crecen y estallan por turnos. Cuando una gota crece, empuja a sus vecinas, y cuando estalla, libera espacio. Así, la onda empuja ante sí un flujo de líquido. Ese flujo impulsa a las gotas rezagadas, que se activan a tiempo. De este modo, la onda mantiene por sí misma su formación ordenada.
Los científicos lo comprobaron con un extracto de óvulos de rana y en un modelo informático. En el modelo, las gotas son virtuales, pero se comportan como las reales: crecen lentamente, se colapsan rápido y se empujan entre sí. El modelo mostró que, sin flujos, las ondas se atenúan rápidamente; con ellos, avanzan uniformes, como una formación de soldados en un desfile. Es decir, la mecánica no es solo una consecuencia de la química, sino su fiel aliada.
Este mecanismo podría funcionar no solo en óvulos de rana, sino también en otros sistemas vivos donde se necesite sincronizar procesos a gran distancia. Por ejemplo, en embriones o incluso en tejidos de organismos adultos. Orden sin comandante, pero con la precisión de un mecanismo de relojería.
En el óvulo de rana, la onda de división celular avanza a unos 0.1 mm por minuto; en una hora cubre una distancia cientos de veces mayor que el tamaño de una sola célula.