Una estrella moribunda se parece a un edificio de muchos pisos que se pliega sobre sí mismo. El núcleo se comprime hasta una densidad inimaginable, mientras las capas exteriores caen sobre él a velocidades de decenas de miles de kilómetros por segundo. En ese momento nacen los neutrinos, partículas que apenas interactúan con la materia ordinaria y se llevan la energía. Pero a veces no solo se escapan, sino que interfieren en el curso de la explosión.
Los neutrinos son de varios tipos, y en el núcleo denso comienzan a transformarse rápidamente unos en otros. Este proceso es como una multitud que de repente cambia de dirección: parte de la energía permanece en el centro y calienta la materia que cae. Para algunas estrellas, ese calentamiento es un salvavidas: la explosión gana fuerza y despedaza la estrella. Para otras, en cambio, los neutrinos se llevan demasiada energía y la explosión se ahoga.
Los científicos lo comprobaron con modelos informáticos de estrellas de distintas masas. Resultó que, para la estrella más ligera, las transformaciones de neutrinos aceleran la explosión y la hacen más potente. Para las más pesadas, en cambio, la frenan. Y el parámetro clave aquí es el ritmo de caída de materia sobre el núcleo. Cuando es bajo, los neutrinos calientan la materia de forma más eficiente porque se vuelven más "duros", como agua que hierve a mayor temperatura. Cuando el ritmo es alto, esa ventaja se ve más que compensada por las pérdidas.
Así, unas diminutas partículas fantasma que atraviesan la Tierra cada segundo resultan ser las directoras de las explosiones más poderosas del universo. Y sin ellas, el cielo estrellado sería muy distinto.
Los neutrinos interactúan tan débilmente con la materia que pueden atravesar un año luz de plomo sin tocar un solo átomo.
En la novela "Solaris" de Stanisław Lem, el océano del planeta se comunica con los humanos a través de neutrinos, partículas que casi no se pueden detectar.