Una partícula atrapada en una trampa de luz se comporta como una bolita sujeta a un muelle: si la empujas, empieza a oscilar. Si aprietas el muelle de golpe, la bolita se queda un instante en el punto más bajo, donde su posición se conoce con mayor precisión. Ese instante es el que aprovecharon los físicos para convertir una nanopartícula en un acelerómetro ultrapreciso.
Enfriaron la partícula casi hasta el cero absoluto, la temperatura a la que el temblor térmico casi desaparece y afloran las propiedades cuánticas. Luego cambiaron bruscamente los parámetros de la trampa (esto se llama "quench", como si el muelle se volviera de repente más rígido). En los primeros momentos tras ese salto, la incertidumbre en la posición de la partícula se comprime y esta responde con especial sensibilidad a la más mínima aceleración.
La sensibilidad medida coincidió con los cálculos basados en la ecuación cuántica de Langevin y rozó el límite que permite la física cuántica (marcado por la llamada información cuántica de Fisher). Esto significa que el sensor funciona casi a la perfección, hasta donde la naturaleza lo permite.
Un acelerómetro cuántico así podría servir para la navegación sin GPS, en sismógrafos y en detectores de ondas gravitacionales. Una pequeña mota de polvo, inmóvil en el fondo de su pozo de luz, resulta más precisa que los instrumentos más voluminosos.
En el cero absoluto (menos 273,15 °C) los átomos casi dejan de moverse, pero por las leyes cuánticas no pueden detenerse del todo: siempre queda un diminuto "temblor".