Dentro de cada músculo hay un equipo de remeros: las proteínas de miosina, que se agarran a los filamentos de actina, dan una palada y sueltan. El combustible para la palada es la molécula de ATP. Cuando los remeros trabajan coordinados, el músculo se contrae y el cuerpo se mueve.
Durante décadas existieron dos modelos: uno explicaba por qué con el aumento de la carga el bote se mueve más lento, otro cómo los remeros mueven los brazos. El nuevo modelo los unió, siguiendo el camino de cada porción de energía. Muestra: parte del combustible se va en mover el bote (trabajo útil), el resto en calor y fricción, como las salpicaduras de los remos. Lo más sorprendente: incluso cuando el bote está quieto, sosteniendo una carga, los remeros siguen trabajando, quemando ATP y liberando calor.
Este enfoque creó por primera vez un modelo estándar de la contracción muscular sin contradicciones con las leyes de conservación de la energía. El aumento de la entropía —las pérdidas inevitables de energía— está incorporado en las ecuaciones. El modelo sirve no solo para músculos, sino para cualquier motor celular.
La curva «fuerza‑velocidad» para los músculos es una hipérbola: sin carga la velocidad es máxima, con el aumento de la carga cae a cero.