Una película delgada, sujeta entre dos postes metálicos, tiembla ante el más mínimo empujón. Sus movimientos son captados por un resonador de microondas: una cavidad donde las ondas de radio rebotan como el sonido en una habitación vacía. Cuando la membrana se desplaza, la respuesta de la cavidad cambia. Si la película está exactamente en el centro, la señal no depende del desplazamiento en sí, sino de su cuadrado, como el volumen de un sonido depende de la fuerza del golpe en un tambor, y no de hacia qué lado se inclina. La espectroscopía no tiene nada que ver aquí: es una interacción pura entre luz y mecánica.
Los investigadores movieron la membrana con un actuador piezoeléctrico: un cristal que se contrae con el voltaje. Midieron cuánto cambiaba la frecuencia del resonador en diferentes posiciones de la membrana. En el centro, la respuesta cuadrática era máxima, y la señal aparecía al doble de la frecuencia de vibración de la membrana. Bastaba con desplazar la membrana hacia un lado para que la respuesta cuadrática se convirtiera en lineal: la señal volvía a la frecuencia normal. Esta transición es como afinar una guitarra: mientras la cuerda está exactamente entre los trastes, el sonido es limpio, pero si mueves el dedo un poco, aparecen armónicos.
Este esquema es un paso hacia dispositivos que puedan sentir cuantos individuales de movimiento de una membrana. Entonces se podría observar cómo un objeto mecánico se comporta según las leyes de la mecánica cuántica: estar en dos estados a la vez o cambiar su energía solo en saltos. Esto no es ciencia ficción, sino el objetivo más cercano de laboratorios de todo el mundo.
La membrana del experimento es cientos de veces más delgada que un cabello humano, pero su temblor cambia la frecuencia de las microondas en millones de hercios.
En la novela «El problema de los tres cuerpos», detectores de ondas gravitacionales ultraprecisos utilizan resonadores similares para captar el estremecimiento del espacio-tiempo.