El viento solar y la radiación ultravioleta desprenden constantemente de la Tierra una fina capa de gases, como el viento que se lleva el vapor sobre una olla caliente. Este proceso es lento, lleva miles de millones de años. Pero en los planetas cercanos a las enanas rojas todo es más duro: se calientan junto a la estrella y las ráfagas de rayos X desgarran su atmósfera como un chorro de arena.
Parte de los investigadores está convencida de que, tras semejante bombardeo, los planetas pierden todo su aire y quedan sin vida. Otros recuerdan que las reservas de gases en el interior son desconocidas: si son abundantes, el planeta sobrevivirá a la tormenta, como un árbol de raíces profundas.
En el trabajo se comparan las pérdidas de gases de los planetas del sistema solar con las de los mundos alrededor de distintas estrellas. Conclusión: el destino de la atmósfera no depende solo de la estrella, sino también de cuántos gases tenía el planeta desde el principio. Queda por medir eso.
La Tierra pierde unos 3 kilogramos de hidrógeno por segundo; al año se acumulan 100 000 toneladas, pero es una miseria comparada con la masa de la atmósfera.
En la película «Interstellar», los protagonistas buscan planetas habitables alrededor de un agujero negro supermasivo, pero los candidatos reales suelen orbitar enanas rojas, y allí quizá no haya aire.