La chimenea de una fábrica expulsa dióxido de carbono al aire, y junto a ella hay una instalación que captura ese gas y, con luz solar, ensambla moléculas de etileno, la materia prima de las bolsas y tuberías de plástico. Ese panorama se acerca gracias a científicos de materiales que modificaron un cristal del semimetal PdSn4 con una pequeña cantidad de platino.
En el cristal original, los electrones se mueven a una velocidad comparable a la de un buen corredor: 25 000 centímetros cuadrados por voltio y segundo. Esto significa que las cargas apenas pierden energía en su camino. Pero para una reacción química no basta con un movimiento rápido; también se necesita una distribución adecuada de los electrones en los átomos. La adición de platino redistribuyó las cargas entre los átomos de paladio, estaño y platino, y en la superficie aparecieron sitios donde dos átomos de carbono del dióxido de carbono se unen con facilidad.
Este resultado no es solo una curiosidad de laboratorio. El etileno es uno de los productos más demandados de la industria química; con él se fabrican polietileno, anticongelante y muchos otros materiales. Si se aprende a obtenerlo a partir del dióxido de carbono con alta precisión, el humo de la chimenea se convertirá en materia prima, no en desecho. Y para ello no hace falta quemar petróleo: basta con luz solar y un cristal bien ajustado.
El etileno es una hormona vegetal. Los plátanos lo liberan al madurar, y si colocas cerca una fruta inmadura, madurará más rápido. Ahora, este mismo gas se ha logrado producir a partir del dióxido de carbono sobre un cristal con platino.
En la novela de Kim Stanley Robinson «El Ministerio del Futuro», el dióxido de carbono de la atmósfera se convierte en cosas útiles para salvar el clima, algo parecido a esta tecnología, solo que allí, en lugar de cristales, trabajan plantas enteras.