Una cámara que no capta el rostro, sino el cerebro mismo: por dentro, capa por capa. Los tomógrafos convencionales suelen dar una imagen borrosa: los detalles pequeños se funden, como letras en un vidrio empañado. Los ingenieros se propusieron construir un equipo que viera con nitidez incluso lo que mide menos de un milímetro.
Para lograrlo, tomaron los cristales que captan los destellos de la marca radiactiva en la sangre y los hicieron más gruesos: 20 milímetros en lugar de 15. Un cristal grueso detiene más señales, como la nieve profunda amortigua los pasos. Y para no perder precisión, añadieron capas de pistas: cada capa indica a qué profundidad nació la señal. Como si la nieve recordara dónde pisó el pie.
La prueba con un maniquí —una copia de plástico del cerebro con puntos calientes— mostró que el equipo distingue puntos del tamaño de un grano de arena. Así, el médico podrá detectar un foco de enfermedad en su etapa más temprana. O ver cómo un pensamiento recorre la corteza mientras la persona resuelve un problema.
Un cristal delgado capta menos señales, pero la imagen es más nítida. Uno grueso, al revés. Los ingenieros encontraron el equilibrio: 20 milímetros con tres capas de pistas. Así, el tomógrafo del futuro podrá captar el cerebro rápidamente y sin bordes borrosos, como un buen fotógrafo que no pierde ningún detalle.
El tomógrafo en cuestión capta la señal de una sustancia que se inyecta en la sangre y brilla desde el interior. Cuanto más grueso es el cristal receptor, más luz recoge, pero más difícil resulta saber de dónde proviene exactamente la señal. Por eso se añadieron capas que funcionan como placas con dirección.
En la serie 'Altered Carbon' la conciencia se escanea con una precisión increíble. Este tomógrafo es un paso hacia ver el cerebro casi con tanto detalle, aunque todavía sin transferir la personalidad.