La luz se puede aprisionar entre dos espejos, como un muelle en un tornillo de banco. Rebota de un lado a otro y se vuelve cada vez más densa; así se obtienen haces ultrabright. Pero hay un límite: con un brillo demasiado alto, los espejos empiezan a temblar. La luz los balancea como el viento mece un columpio, y parte de la energía se va en esa vibración.
Los físicos midieron de dónde sale el temblor. Resultó que no vibran los soportes de los espejos, sino los propios espejos por dentro, como una campana que zumba después del golpe. La frecuencia del temblor es de millones de oscilaciones por segundo. Los científicos escogieron espejos que se amortiguan rápido, como una almohada que absorbe el golpe. Y entonces el haz se volvió más brillante que nunca en una trampa así.
Esa luz tan brillante se necesita para microscopios electrónicos que ven átomos individuales y para trampas que mantienen moléculas quietas. Antes, lo que estorbaba era justamente el temblor de los espejos; ahora se ha domado con solo elegir el material adecuado.
En el experimento, los espejos temblaban a una frecuencia de varios millones de veces por segundo, unas cien veces más agudo que el sonido de la nota más alta de un piano.
En los relatos sobre láseres ultrapotentes se olvida a menudo que la óptica no aguanta su propia luz. Aquí el héroe no es el haz, sino el espejo al que enseñaron a no temblar.