Un sismómetro es el oído del planeta. Capta las mínimas vibraciones del suelo y las convierte en una señal eléctrica. Pero ese oído no es perfecto: su sensibilidad depende de la temperatura. En el frío y en el calor, el instrumento escucha de forma ligeramente distinta, y eso introduce un error en las mediciones.
Investigadores japoneses construyeron un banco de pruebas que sacude el instrumento con una fuerza exactamente definida, mientras el propio instrumento se encuentra en una cámara térmica, desde menos 15 hasta más 45 grados. Así midieron cómo cambia la respuesta de tres modelos de sismómetros. Resultó que, por cada grado, la sensibilidad cambia aproximadamente un 0,11%. El culpable es el imán dentro del instrumento: su fuerza depende de la temperatura.
¿Qué significa esto para la ciencia? Las redes de sismómetros cubren todo el planeta, desde la Antártida hasta el ecuador. Si no se tiene en cuenta la corrección por temperatura, los datos de distintos lugares quedarán ligeramente desajustados. Ahora los geofísicos tienen cifras para restar ese error y escuchar la Tierra con más precisión.
El imán de un sismómetro se debilita con el calor, igual que un imán normal de nevera si lo calientas.
En la película «El núcleo de la Tierra», los protagonistas escuchan el interior del planeta con sismómetros, y cualquier imprecisión del instrumento podría costarles la vida.