El océano Pacífico frente a las costas de Perú se calienta tan bruscamente cada pocos años que los peces se van y las lluvias inundan el desierto. Este fenómeno se llama El Niño y funciona como un péndulo que balancea el clima de todo el planeta. Pero cuando el propio planeta se calienta, el péndulo se comporta de manera extraña: primero la amplitud se amplía y luego, de repente, se amortigua. Hasta hace poco, los climatólogos no podían explicar esta secuencia porque surge de la competencia entre dos procesos que operan a diferentes velocidades.
El primer proceso es el calentamiento de la capa superior del océano. Cuando la atmósfera retiene más calor, la superficie del agua se calienta más rápido que la profundidad. Se crea una frontera nítida entre la parte superior cálida y la inferior fría, y esa frontera actúa como una cuerda tensa: cualquier perturbación se propaga a lo largo de ella con más fuerza. Por eso, en las primeras décadas del calentamiento, El Niño realmente se intensifica. El segundo proceso es el debilitamiento de los vientos alisios, esos vientos que soplan a lo largo del ecuador de este a oeste. Empujan el agua cálida hacia Indonesia, mientras que frente a Sudamérica asciende agua fría de las profundidades. Cuando los alisios se debilitan, esta cinta transportadora se ralentiza y la diferencia de temperaturas entre el oeste y el este del océano disminuye. Entonces, El Niño ya no tiene de dónde extraer energía.
La clave está en el retardo. La capa superior del océano reacciona al calentamiento casi de inmediato, mientras que las capas profundas, especialmente el agua a unos cien metros de profundidad, se calientan con décadas de retraso. Es como la calefacción en una casa vieja: el radiador junto a la ventana se calienta de inmediato, pero la pared del fondo tarda una hora. Los científicos construyeron un modelo que tiene en cuenta este retraso. Toma la temperatura superficial de hoy y la temperatura superficial de hace treinta y seis años, y con esos dos números predice la intensidad de El Niño. En diferentes modelos climáticos, esta fórmula simple explica alrededor del noventa por ciento de los cambios, sin necesidad de ejecutar un costoso supercomputador.
El pico de amplitud ocurre aproximadamente cincuenta años después del inicio del calentamiento. Si las emisiones crecen rápidamente, como en el escenario de quema desenfrenada de carbón, El Niño se intensifica en un veinte por ciento. Si las emisiones se reducen, como en el escenario de desarrollo moderado, el aumento es menor, alrededor del quince por ciento, y el pico llega más tarde. Pero en ambos casos, después del pico, el péndulo comienza a amortiguarse. Para finales de siglo, la intensidad de El Niño podría caer un cuarenta por ciento respecto al nivel preindustrial. Los pescadores peruanos, que durante siglos han vivido al ritmo de esta oscilación, se encontrarán en un mundo donde las catástrofes habituales serán menos frecuentes, pero también lo serán los años de cosechas abundantes.
El péndulo que primero se balancea y luego se apaga no es solo una metáfora. Es una descripción precisa de cómo está organizado el sistema climático: el calentamiento rápido de la superficie primero da a El Niño energía adicional, y el calentamiento lento de las profundidades se la quita. Comprender esta mecánica permite calcular el futuro sin supercomputadores: basta con conocer la temperatura del océano hoy y la temperatura del océano hace treinta y seis años.
Las pérdidas económicas de los El Niño extremos de 1997–1998 y 2015–2016 se estiman en 4,1 y 5,7 billones de dólares, respectivamente, mientras que La Niña solo aporta pequeños beneficios económicos.