Una manguera de jardín lanza un potente chorro de agua. Si la aprietas un poco o la sacudes, el chorro empieza a serpentear como una serpiente y las salpicaduras vuelan en todas direcciones. Algo similar ocurre con los gigantescos chorros de plasma que expulsan los agujeros negros. Estos chorros están retorcidos por campos magnéticos y pueden perder estabilidad, comenzando a oscilar.
Los científicos estudiaron un agujero negro de masa estelar: un objeto varias veces más pesado que el Sol, comprimido al tamaño de una ciudad. Los radiotelescopios captaron ráfagas de radiación que se repetían con un ritmo casi constante; estas oscilaciones se denominan cuasiperiódicas. Al mismo tiempo, no solo cambiaba el brillo de las ondas de radio, sino también su polarización (la dirección de oscilación de la onda electromagnética). El brillo y la polarización se comportaban como un balancín: cuando uno crece, el otro cae.
El modelo informático mostró que todas estas rarezas se explican por una inestabilidad de flexión: una onda que corre a lo largo del chorro y lo hace ondular. Esta onda surge cuando el campo magnético dentro del chorro está demasiado retorcido, como una goma elástica retorcida. Debido a ella, el chorro se comprime en algunos lugares y se expande en otros, y por eso cambian tanto el brillo como la polarización. Este descubrimiento proporciona una nueva herramienta: observando el ritmo del parpadeo, se puede mirar en el corazón mismo del agujero negro y comprender cómo está organizado su campo magnético.
Los chorros de los agujeros negros pueden ser más largos que nuestra galaxia, y las partículas en ellos se aceleran hasta casi la velocidad de la luz.
En la película 'Interstellar', el agujero negro Gargantúa se muestra con un brillante disco de acreción, pero sus chorros quedaron fuera de cuadro, y sin embargo, podrían ser la clave para los viajes interestelares.