Si se calienta un cristal, sus átomos empiezan a vibrar como cuerdas tensadas. Un haz de rayos X que atraviesa el cristal se dispersa en esas vibraciones y dibuja en el detector no solo manchas nítidas, sino también patrones débiles y borrosos. Estos patrones son como huellas dactilares: a partir de ellos se puede reconstruir con qué fuerza los átomos se atraen y se repelen.
Antes, esa reconstrucción era como encontrar la llave de una cerradura con cien pines. El programa tenía que resolver repetidamente ecuaciones voluminosas, y cada paso llevaba mucho tiempo. El nuevo trabajo propone un camino distinto: en lugar de resolver las ecuaciones directamente, ajusta las fuerzas para que el patrón calculado coincida con lo que se ve en la imagen. Además, utiliza una forma rápida de generar vibraciones atómicas aleatorias que evita el punto más estrecho de los métodos antiguos.
Este enfoque hace que el análisis de las imágenes de rayos X sea rápido y automático. Ahora se puede estudiar en masa cómo se propaga el calor en distintos cristales, desde semiconductores hasta materiales para baterías. Es un paso hacia la obtención, a partir de una sola imagen, de una imagen completa de las propiedades térmicas de la materia.
Las manchas débiles y borrosas en una imagen de rayos X de un cristal no son un defecto de la toma, sino una evidencia directa de que los átomos vibran por el calor. Su forma e intensidad dependen de cuán rígidamente estén unidos los átomos entre sí.
En la ciencia ficción abundan los dispositivos que, con un solo rayo de luz, determinan la composición y las propiedades de un material. Este método es un paso hacia esa tecnología: a partir de los rayos X dispersados se reconstruye no solo la estructura, sino también las fuerzas que mantienen unidos a los átomos.