Una diminuta estrella de oro se derrite bajo el haz de un microscopio electrónico y sus puntas se redondean lentamente. Antes, ese proceso solo podía verse en fotogramas tomados con largas pausas, y el propio haz de electrones llegaba a modificar la muestra. Ahora los investigadores filman una película continua: la muestra se inclina suavemente y un algoritmo reconstruye a partir de ese flujo una imagen tridimensional para cualquier instante.
El secreto está en que la inclinación se realiza sin pausas y la computadora aprende de los propios datos, sin indicaciones previas. Entiende cómo cambia la forma de la partícula y rellena los vacíos entre fotogramas. La dosis de electrones es menor que en los enfoques antiguos, por lo que las estructuras frágiles —como las nanopartículas de plata con recubrimiento de oro— no se destruyen antes de que termine la grabación.
El método se probó en dos escenarios: cómo las nanoestrellas de oro pierden sus puntas afiladas al calentarse y cómo los átomos de oro y plata se mezclan dentro de un cubo. En ambos casos se logró seguir la evolución en volumen, no solo en la superficie. Es como ver no la sombra de un bailarín, sino el baile mismo desde todos los ángulos.
Ahora los científicos de materiales podrán observar cómo cambian los catalizadores, las baterías o las nanopartículas farmacéuticas justo durante su funcionamiento. Y hacerlo con cuidado, sin temor a que el propio instrumento arruine el experimento.
Una nanoestrella de oro de menos de cien nanómetros pierde sus puntas afiladas al calentarse y se vuelve similar a una gota: este proceso ahora es visible en volumen y en tiempo real.
Esta técnica recuerda a las cámaras de las películas de ciencia ficción que graban hologramas de objetos en movimiento, pero aquí todo ocurre en el mundo de los átomos.