380 mil años después del Big Bang, el universo se enfrió lo suficiente para que los electrones y protones se unieran por primera vez formando hidrógeno neutro. Aunque este evento se llama recombinación, en realidad fue el primer encuentro: hasta entonces, el calor impedía que las partículas se aglutinaran. Este momento crucial fue estudiado por James Peebles y George Gamow.
Mientras los electrones estuvieron libres, la luz y ese plasma caliente interactuaron constantemente. Su fricción actuó como un martillo de herrero, comprimiendo las vibraciones cuánticas de energía —esos esquivos estallidos inherentes a cualquier medio—. En cuanto los electrones se refugiaron en los átomos, los choques cesaron y las deformaciones se congelaron, como el metal enfriado conserva el patrón de los golpes. Así surgió una huella magnética entrópica, muy débil pero eterna.
Hoy esa huella se ha estirado hasta 10–20 megapársecs, comparable al tamaño de los cúmulos de galaxias. La intensidad del campo es ínfima, pero el mecanismo muestra cómo en la era de la expansión del universo pudieron sembrarse campos magnéticos primordiales. En la búsqueda de esos rastros también participó Robert H. Dicke.
Aunque el término «recombinación» sugiere una unión repetida, en realidad fue la primera vez en la historia que electrones y protones se unieron: hasta ese momento no podían pegarse debido al calor monstruoso.
La idea de campos magnéticos congelados resuena con los «fósiles magnéticos» de la novela «Contacto» de Carl Sagan, donde el cosmos guarda huellas de eventos antiguos.