El telescopio James Webb observa cada vez más exoplanetas — mundos en otras estrellas. Algunos de ellos son esferas rocosas al rojo vivo, siempre mostrando la misma cara a su estrella. Allí la roca se funde, formando océanos de lava líquida. ¿Cómo se mueve esa lava? La respuesta es importante: por el movimiento del calor, los astrónomos deducen la presencia de atmósferas, utilizando el método de tránsito — cuando el planeta pasa frente a la estrella y la eclipsa ligeramente.
Un nuevo modelo comparó ese océano con una olla de sopa hirviendo. El viento estelar es una cuchara gigante que revuelve la lava a una velocidad monstruosa de hasta 360 kilómetros por hora. Pero, contra toda intuición, el punto más caliente bajo la estrella no se mueve ni un centímetro. La razón está en la forma de la propia “olla”: la cuenca rocosa del planeta impide que el calor se disperse hacia los lados.
Este descubrimiento da un vuelco a las ideas anteriores. Antes los científicos pensaban que el desplazamiento del punto caliente era la principal señal de vientos o corrientes. Ahora está claro: si el JWST detecta un desplazamiento, la causa no está en la lava, sino en una atmósfera densa o nubes. Así, el telescopio podrá distinguir mejor los planetas muertos de aquellos que merecen la pena observar.
La velocidad de las corrientes de lava en estos planetas puede alcanzar los 360 kilómetros por hora, más rápido que cualquier corriente oceánica terrestre.
Mustafar de «Star Wars» es un ejemplo cinematográfico de un planeta de lava.