Dieciocho diminutas celdas se alinean en dos filas sobre un trozo de germanio. Cada celda es un punto cuántico, una trampa para un solo electrón cuyo espín actúa como cúbit. Antes, estos sistemas solo podían ensamblarse de a pocos; aquí, en cambio, tenemos una rejilla completa que funciona como un conjunto unificado.
Controlar dieciocho partículas a la vez es como dirigir una orquesta donde cada músico toca su parte pero solo escucha al director. Los científicos aplicaron una arquitectura modular: el procesador está formado por bloques idénticos de dos cúbits que pueden añadirse como vagones de tren. Esto permitió inicializar, controlar y leer todos los cúbits simultáneamente, logrando una precisión de operaciones superior al 99,8%.
Al final del experimento, los autores vincularon tres cúbits vecinos en un estado especial: el entrelazamiento de Greenberger–Horne–Zeilinger. Es como tres monedas que siempre caen del mismo lado, incluso si se lanzan en habitaciones distintas. Esta conexión es la base de la computación cuántica y de la protección de la información.
El chip de germanio con dieciocho cúbits no es un récord en número, pero sí un paso importante hacia la escalabilidad. El esquema modular permite añadir nuevas filas sin perder el control, como piezas de construcción. Si la precisión se mantiene, en unos años aparecerán procesadores con cientos de cúbits capaces de descifrar los cifrados actuales o simular nuevos materiales.
El germanio es un pariente cercano del silicio, pero es mejor para los cúbits de espín: en él, los electrones se mueven más rápido y se interfieren menos entre sí.
En la serie «Devs», un ordenador cuántico ayuda a resolver problemas globales, pero crea otros nuevos. Nuestro chip es un pequeño paso hacia una máquina así.