En una bacteria en crecimiento, los genes responsables de las fábricas de proteínas no flotan solos. Se agrupan en gotas líquidas, parecidas a manchas de aceite en agua, sin membranas pero con límites definidos. La proteína NusA es la encargada de la condensación. Cuando se acumula en cantidad, pega las regiones cercanas del ADN, forzándolas a reunirse en focos. Los físicos llaman a esto separación de fases: como cuando un aderezo de ensalada se separa en aceite y vinagre. Este orden implica una caída de la entropía —el caos— dentro de la célula. Las cadenas proteicas basadas en carbono crean suficientes enlaces para mantener las gotas. Pero lo principal: estas gotas están vivas — pulsan, se ensamblan y desintegran en segundos. Esto explica una vieja paradoja: genes que en la larga hebra de ADN están lejos, en los experimentos siempre aparecen juntos; las gotas los arrastran en un solo grumo. Y ahora está claro: el mismo mecanismo funciona en las células de nuestro cuerpo, desde las inmunitarias hasta las neuronas.
En una sola célula bacteriana puede haber hasta 70.000 ribosomas: pequeñas fábricas que trabajan sin descanso, ensamblando proteínas como en una cadena de montaje.
En la ciencia ficción, estas gotas podrían ser nanorrobots ideales: se autoensamblan, se autodesintegran y no necesitan control externo.